
Lleva tres décadas en el sector del transporte ferroviario y, aunque el oficio le consume las horas y las fuerzas, no lo cambiaría por nada. “El ferrocarril, la rama mía de maquinista, es mi pasión desde pequeñita”. Eso sí, matiza sin rodeos: “Es muy agotador… A veces los maquinistas estamos llenos de churre y grasa por las mismas reparaciones que hacemos. Parecemos mecánicos antes que maquinistas”, explica y sonríe.Para ella, el puesto no termina en la cabina.
“Si algo falla en la locomotora, uno tiene que hacer lo posible por arreglarlo o, al menos mejorarlo, hasta llegar al taller y que lo verdaderos mecánicos se puedan hacer cargo. No se puede dejarla parar. El último que abandona el barco o, en este caso el tren, es el capitán”.Aunque ahora su autoridad en la cabina es incuestionable, los inicios fueron duros. En un entorno tradicionalmente masculino, su presencia generó un rechazo frontal que todavía recuerda con precisión.
“Cuando comencé, muchos hombres no aceptaban que una mujer trabajara como maquinista. Una ferromoza era algo normal, muy lindo, pero ¿una mujer maquinista? Eso era impensable. Me pusieron muchas trabas”, relata. La anécdota más recurrente era la de la cubeta de arena, un peso muerto que sus colegas usaban como argumento para demostrar su supuesta debilidad física. La solución que encontró fue tan simple como efectiva: “Me decían que a la máquina había que echarle arena y que yo no podría con la cubeta. Yo les respondí que echaría la arena jarrito a jarrito si era necesario”.Esa resiliencia es la base de su filosofía de trabajo.
Ahora enumera las claves del éxito en su profesión con la concreción de un manual técnico: «Para ser maquinista debes conocer tu equipo, saber de mecánica, los aceites que lleva, la cantidad de combustible… pero, sobre todo, debes tener buen trato con tus compañeros. Llevarse bien con los compañeros es esencial, porque somos una familia. Pasamos dieciséis o dieciocho horas juntos; estamos más tiempo trabajando que en nuestra propia casa».En lo personal, su vida transcurre con la misma calma que imprime a la marcha del tren. Su esposo también es maquinista, trabajan juntos, por lo que el traqueteo de los rieles es la banda sonora común de la pareja. “Él tiene dos hijos y a veces compartimos los cuatro en la casa. Si hay que ir al río a divertirnos, nos vamos. Cuando estamos solos, él me habla de sus bicicletas de montaña, que son su pasión… o de trenes, y yo trato de entenderlo todo por igual”.
Al final de la conversación, cuando se le pide que se defina a la mujer en una frase, Yamilé se toma un segundo: “Fuerza. Grandeza. La mujer es lo más grande que existe en el mundo”.
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