Pablo Rendón Ortega: El torno es parte de mi vida (+ fotos)

Muchas son las piezas y componentes mecánicos fabricados por este tornero para garantizar el estado técnico de los medios de transporte que prestan servicio a los trinitarios

Experiencia, concentración y destreza distinguen el desempeño de este tornero trinitario. (Foto: Ana Martha Panadés)

En lo profundo del taller de la Base de Transporte de Trinidad, Pablo Rendón Ortega pasa las horas frente al torno. El maquinado de una pieza lo seduce. Ha sido así desde que puso por primera vez un pie en el Central FNTA. Eso fue en el año 1982 cuando el tándem del ingenio devoraba la caña y exprimía los horarios del tornero y del resto de los mecánicos.

Años después, ya sin industria azucarera y con la misma obsesión por los hierros, llegó a su nuevo trabajo. Ahora las piezas que nacen de la máquina y de su ingenio garantizan la vitalidad del parque automotor de esta Unidad Empresarial de Base (UEB), el cual cubre las diferentes rutas y el traslado de pasajeros hacia la capital espirituana y los asentamientos rurales del municipio.

“La innovación es la que resuelve los problemas cotidianos”- habla con timidez a la grabadora mientras se ajusta los espejuelos. “A la mayoría de los carros hay que pasarle la mano por los cientos de kilómetros de recorrido, pero en general el estado técnico es aceptable. Hoy lo que más golpea es el combustible”, comenta.

En el taller, la experiencia del tornero se impone.  Gracias a su talento, muchos de los ómnibus que prestan servicio para la transportación de los trinitarios alivian sus achaques. “Algunos presentan problemas en las transmisiones o en los cranes que ya no se encuentran en ninguna parte y hay que hacérselos nuevos. Pero todos están rodando”, agrega y muestra los carros perfectamente parqueados.

De cada uno tiene un diagnóstico. “Los más antiguos son esos que están allí – y señala los tres vehículos modelo Gaz con motor de gasolina, verdaderas reliquias rodantes-.  “No he contado la cantidad de veces que se les ha buscado solución a través de la inventiva. Tampoco hemos calculado todo el valor económico con la creación de la pieza de repuesto que los mantiene en servicio”, dice el también innovador premiado en numerosos eventos.

A pablo le gustan los desafíos –casi los imposibles-. Por eso cuando llegaron los cinco camiones SINOTRUK habilitados para trasladar pasajeros y comenzaron a “dar tanda”, el resto de los mecánicos y los conductores acudieron al tornero. “Después de los primeros viajes se les dañaron los dados de la transmisión y como vinieron sin piezas de repuesto, tuvimos que adaptar componentes similares de la marca KAMAZ. Fue un trabajo fuerte, de días y semanas frente a la máquina, pero todos los carros están en activo”, asegura.

De los premios apenas habla, pero a la altura de sus 60 años le satisfacen, más que los aplausos en fórums y exposiciones nacionales de la Asociación de Innovadores y Racionalizadores, otras recompensas: “Me siento útil, nunca me rindo y mi filosofía es resolver con lo que se tiene a mano. Cuando la rotura es compleja tratamos de encontrar la solución entre todos. Los mecánicos tenemos el conocimiento, pero los choferes son quienes mejor conocen el carro.

“Mi trabajo es importante y hermoso, sobre todo cuando logramos recuperar un vehículo que vuelve a cumplir su función. Sabemos que el transporte es un tema muy sensible para la población, por eso estamos arriba de los carros que más roturas sufren por el mal estado de los caminos. Los que cubren, por ejemplo, las rutas de Algaba, San Pedro y Santiago Escobar, se les parten las hojas de muelle y los cranes y tenemos que darles solución lo más rápido posible.”

A Pablo lo respetan y lo admiran; sus compañeros del taller y quienes lo buscan ante un apremio. Nunca dice no a nadie, ni siquiera cuando son demasiados los encargos y hasta el torno siente el rigor de la fatiga. Pero cuando llega a casa solo una sombra le preocupa: faltan manos jóvenes.

“Por aquí han pasado algunos estudiantes como parte de su adiestramiento; sin embargo, considero que se debe potenciar la formación de nuevos torneros para garantizar el futuro de un trabajo imprescindible”, dice para no dejar dudas de su apego por el oficio. “Siempre me ha gustado; de niño lo que más disfrutaba era desarmar los juguetes y observar las pequeñas piezas”, sonríe como si escuchara los regaños de su madre, a quien cuida ahora con devoción.

“El torno es parte de mi vida”, confiesa casi en la despedida y me acompaña hasta la puerta del taller; por unos minutos deja atrás la pesada máquina que ha moldeado también su excelente destreza y humildad.

Información de Escambray

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.