
En el taller del aeropuerto de Sancti Spíritus, entre fuselajes y motores, vive la historia de un hombre que ha dedicado más de medio siglo a la aviación cubana. Su nombre es Julio García Valdés, técnico de motor y fuselaje, fundador y testigo de la evolución de la terminal aérea.Julio llegó con apenas 19 años, sin experiencia previa en aviación, pero con la curiosidad intacta y la voluntad de aprender.
“Yo era obrero agrícola, después trabajé en la juventud comunista, y cuando se presentó la oportunidad de entrar en la aviación, la aproveché”, recuerda. Ese primer día, marcado por la transición de la vida militar a la civil, fue para él una fiesta: la juventud se incorporaba a un sector estratégico y novedoso.
Durante 56 años, Julio ha sido el corazón del taller. Su labor consiste en dar mantenimiento a los aviones: cambiar motores, calibrar válvulas, ajustar magnetos. “Son trabajos bonitos que necesitan concentración. Cuando terminas y ves que el avión arranca dentro de los parámetros, eso te da satisfacción”, confiesa con orgullo.Pero más allá de la técnica, Julio ha sido maestro. Generaciones de jóvenes ingenieros y técnicos han pasado por sus manos, aprendiendo no solo la teoría, sino la destreza práctica que solo la experiencia otorga.
“Me llena de alegría saber que ayudé a preparar muchachos que van a seguir la aviación cuando yo ya no esté”, dice con serenidad.Su permanencia en el aeropuerto no se explica solo por necesidad económica, sino por pasión.
“A mí me gusta este trabajo, me gusta concentrarme aquí. Aquí tuve mi vida personal y la disfruté mucho”, afirma. A sus 77 años, reconoce que pronto se retirará, pero lo hará tranquilo: deja tras de sí un legado de compromiso, conocimiento y amor por la aviación.Julio García Valdés es más que un técnico.
Es memoria viva de la aviación espirituana, un hombre que convirtió su oficio en vocación y que, con cada motor reparado, ha mantenido en vuelo la historia de un aeropuerto y de un país.
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